martes, 18 de septiembre de 2007

Relato #2 (2da de dos partes)

De cuando transformé un viaje en un conjunto de palabras y lágrimas...

[Sin Fotos]

El paño blanco (II)
Al fin, y todavía sin mirarlo, le pidió gentilmente que se sentara. Y él lo hizo. Ella giró hasta quedar boca arriba y tomó sus manos. Se mordía los labios, y una lágrima caía por su rostro. Después de tanto tiempo de espera, él se sintió liberado al ver nuevamente sus hermosas facciones. Ella le tomó la cara con las manos y lo acercó hacía sí, mirándolo fijo. Él cerró los ojos muy despacio, dejándose trasladar y sintió el beso. Sintió dormir en esos labios de aire. Sólo quiso quedarse así, mientras acariciaba la femenina piel. Eso era todo para él. Su piel: suave, perfecta, cálida, hermosa.
Pero se miraron, luego, a los ojos tan fuerte... y él sintió miedo. Se miraron a los ojos... y ella lo despeinaba y lo volvía a peinar con las manos, en un movimiento lento y pensativo, mientras lo miraba. Y parecía analizarlo. Sin embargo, le contó cuánto lo había extrañado y cuánto había estado desando verlo de nuevo. Él le creyó. Y le acarició los párpados con sus labios, la mejilla con su mentón y los labios con su lengua.
**
Abrigándola con la prenda, que hasta ese momento todavía mantenía entre sus manos, se recostó en su pecho pensando en sentirse bien, en sentirse fuerte; ella lo abrazó. Pero a pesar de lo que había soñado, no se sintió protegido, no se sintió cuidado. Entonces lloró algunas pocas lágrimas. La mujer también sintió dolor, pero se cuidó de no llorar.
Permanecieron quietos y en silencio. Los segundos corrían como horas, y los dos comenzaron a darse cuenta de lo que traería el tiempo, sabían lo inevitable. Cuando ya no pudo escuchar más la quietud, se enderezó y la miró. Ella hizo lo propio y pudo ver en sus ojos, enormes pero como de niño, su angustia. Pudo ver porque él dejaba que lo viera. Pero su femenina debilidad no pudo soportarlo, y terminó desviando la mirada y recostando su sien sobre las sábanas como una muerta. Él volvió a recostarse sobre ella y le mojó la cara con lágrimas. Besó su mejilla, como pidiendo, pero no hubo reacción. Besó, luego, su cuello. De cerca pudo ver una lágrima intentando abandonar los pequeños y femeninos ojos, pero estos se mordían...
Pidió por favor, y ella, sin mirar, le tomó la mano mientras cerraba los ojos. Permaneció quieta, deseando poder sentir lo que alguna vez había sentido... pero no pudo. Él le dijo algo muy frío al oído, algo que remitía al odio. Se irguió y le tocó la cara, dándole la mejor caricia que pudiera dar. Ella lo miró al fin y el desolado pudo ver que ella quería pedirle perdón con la mirada. Pero las palabras no salieron, las palabras se ahogaban. Él sintió dolor, porque conoció el rechazo. Ella sintió dolor, porque no pudo evitar el rechazo. Nuevamente, el silencio.
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Segundos después, abandonando la prenda para siempre sobre el deseado cuerpo, se incorporó y, alejándose de la cama, le dio la espalda. Caminó muy despacio, esperando que lo detuviera, pero no ocurrió. Ella soltó la lágrima que contenía. Y él llegó hasta la puerta.
La atravesó, cruzó la sala y llegó a los pies de la escalera. La puerta de entrada estaba abierta de par en par, porque la había dejado así al entrar. Miró el valle y se quedó sin aire. Miró a la luna y sintió que ésta lo llamaba. Volvió a pensar en las palabras que le había oído decir hacía tanto tiempo, y las escuchó mentirosas. Volvió a pensar en la mujer, y la vio niña. La vio maldita. Se vió muerto, pero con sed de vivir. Comenzó a caminar nuevamente sobre el verde. Poco después, se perdió en los árboles.
Dentro, la mujer dejó salir, detrás de la primer pequeña lágrima, una más y se aferró al paño. Lo notó extraño, lo notó pesado y tibio. El paño estaba empapado, y la manchaba. El ámbar caía hasta el suelo. Se miró la piel, que ahora vestía de sangre. La sangre, supo, no era de ella.
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Bs. As., Otoño-Invierno 2006
Runin Vari

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