viernes, 26 de octubre de 2007

Relato #3 (3ra de 3 partes)

De cuando conocimos el lago y su genteGenteGENTE...



Pequeño y humilde homenaje a un Galés (III)

a D. T., poeta

V

Antes de que terminara el día de la segunda visita, la situación de Concepción llegó al límite. La tos de la mujer era tan brusca que parecía que cada espasmo sería el último. Intentaba hablar, pero el balbuceo se escuchaba muy bajo y era indescifrable. Taco decidió que debía llegar a final.
A la mañana siguiente, Neló parte a comprar al pueblo en el colectivo de la ruta, y Taco le exige que lleve a Irma y al pequeño. Con la casa ya vacía, cierra las persianas y entra en la habitación de la anciana.
Allí están, solos ellos dos. Los ojos de Taco se entierran en los de Concepción, y la mujer sonríe débilmente. Pero vuelve a toser. Taco se acerca a ella y se arrodilla al lado del lecho.
Perdón, madre, pero es lo mejor para usted... Taco deja caer una lágrima. Pero está convencido que es lo mejor para esa fuerte mujer. Ella también llora, pero de dolor. Vuelve a toser una vez más. Cada vez que tose parece que será la última. Es una convulsión salvaje, da la sensación de que no puede resistirlo. El brazo de Taco se extiende y su mano peina los cabellos grises que caen por la frente de la mujer recostada. La mano ahora acaricia suavemente la cara arrugada y se detiene en los ojos.
-¿Taquito...?, susurra la anciana, y su cara y su tono develan una expresión de incomprensión.
Y la mano de Taco baja hasta la boca. Su otra mano, ante los ojos azules, llorosos y aterrorizados de la mujer, se posa en la nariz, y la aprieta. La mujer tose de nuevo, se arquea y sus ojos se mantienen muy abiertos, clavados en los de Taco. Gime y trata de moverse y liberarse, pero está muy débil. Solamente atina a posar sus manos sobre las del joven, nada más. Las lágrimas de Taco caen sobre la anciana y son absorbidas por la tela de su vestido. Don Pedro, a unos pasos detrás, es el único testigo, inmutable e impávido.
Madre ha muerto... La noticia trajo silencio al resto de la familia, pero nadie reaccionó emotivamente. Salvo el niño, que lloraba a escondidas.

VI

La rutina y la tranquilidad fueron retomándose de a poco, con el correr de los días. Irma tomó el lugar de la mujer, y se encargaba de todo en la casa. Una casa que había perdido la poca alegría que alguna vez hubo tenido.
Maquito enfermó días después. Irma creía que se debía a la nostalgia por la muerte de Concepción. El niño no intentaba hablar. Sólo estaba callado, mirando con ojos cansados a la pared. Estaba pálido, como si la sangre se le evaporara despacio.
Por las noches Neló miraba al bosque, y le parecía ver que el maldito rondaba la casa. Un día lo oyó muy cerca de la casa, tosía y reía. Maquito permanecía en cama y lloraba.
Los días transcurrían y el niño seguía acostado, Irma seguía triste y todos seguían prácticamente sin hablarse. Taco estaba muy afectado por la condición de su hijo, y otro cambio de rol se llevó a cabo en la casa: Neló se hacía cargo de gran parte de las tareas de su alicaído hermano.
Había ido al pueblo. Bajó del colectivo en la bifurcación del camino, frente a la capilla, y emprendió la caminata hasta el rancho. No hacía frío, pero unas nubes negras comenzaban a juntarse en el cielo; iba a llover.
Cuando llegó, una llovizna había comenzado. La cocina estaba vacía.
- ¿Taco...?
Nadie. Volvió a preguntar, en voz más firme. Buscó a Irma. Nadie.

VII

Insistió en sus gritos y llamados, pero nadie respondió. A dónde irían todos, y sin avisarme, se preguntaba el muchacho. Se acordó de su sobrino, y subió a la habitación a buscarlo. No estaba, y las colchas estaban desparramadas. En su asombro pudo ver, a través de la ventana a su hermano y a Irma. Corrió escaleras abajo a ver qué demonios ocurría. La lluvia ya era torrencial.
-¡Taco!, gritó. Iba a volver a gritar, ante la pasividad de su hermano, pero se detuvo cuando adivinó la figura de el Hombre unos metros a la derecha de la pareja; la pareja le daba la espalda.
Neló miró a los ojos de el Hombre. Los desconoció. Vio a Irma y a Taco arrodillarse, con las cabezas gachas. Volvió a mirar al malvado. Sus oscuros y grandes ojos se enterraron en los del joven mapuche. Muy fuerte. Tan fuerte que tuvo que dejarse caer de rodillas y apoyar las manos en el barro.
Clavó la mirada en la tierra y sintió un leve alivio. Volvió a mirar a la pareja y se horrorizó al notar que no reconocía sus ojos. Trató de enderezarse y alejarse, pero resbaló. La lluvia estaba haciendo del suelo una superficie imposible.
Cayó hacia atrás, apoyando esta vez los codos en la tierra y el agua. Sintió miedo al ver la cara de su hermano.
Una vez más miró al Hombre, que se mantenía en su lugar, sin prisa, sin expresión. De nuevo a los ojos de su hermano, a los de Irma, y una última vez al Hombre. Entendió que, como alguna vez le ocurrió a un predicador en una pradera a miles de kilómetros de allí, estaba frente a sus enemigos.
Muerto de miedo, su corazón educado cristiano lo llevó a pedir a Dios. Rezó, cerrando los ojos y juntando las manos. Quiso incorporarse, pero se sentía débil y cayó al suelo nuevamente. Aunque ya resignado, el disminuido, lloroso y embarrado aborigen pidió por favor al Hombre. Pero las lágrimas le impedían rogar. Así que intentó arrastrarse a los pies de quien ya creía su verdugo.
De pronto, un brazo adulto y conocido lo sujetó con fuerza por detrás. Tapó su boca y lo inmovilizó, estrechándolo contra un torso fornido. Neló pudo ver que el rostro que coronaba la figura era el de su abuelo. Sintió una inmensa alegría que lo hizo continuar con su llanto. Lo hubiera abrazado, y le hubiera agradecido, pero el hombre, que aunque anciano poseía una gran fortaleza, lo estrechaba muy fuerte. Dudó...y se inmovilizó cuando vio el hacha en la otra mano.
Intentó gritar. Intentó soltarse. Y luego se tranquilizó. Entre las lágrimas, miró al enemigo. Pensó en Maquito, pensó en su abuela y en su madre. Pidió perdón por sus faltas y cerró los ojos para no abrirlos nunca más.

***

Bs. As., Verano-Otoño-Invierno 2006

*

Runin Vari

lunes, 15 de octubre de 2007

Relato #3 (2da de 3 partes)

De cuando conocimos el gran lago y su genteGente...


Pequeño y humilde homenaje a un Galés (II)

a D. T., poeta


III


Concepción toma el té. La tos ya está cesando. Irma la observa, en silencio, como siempre. Ellas dos guardan silencio prácticamente en todo momento. Hablan lo mínimo indispensable. La vieja no la mira; sentada a la mesa, fija la vista en sus manos que reposan sobre el mueble y respira con torpeza. Irma le da la espalda y ve las montañas a través de las ventanas.
Unas horas después, luego de barrer, limpiar y tender las camas, busca los conejos que don Pedro sacrificó a la mañana. Debe limpiarlos, hervirlos. Concepción busca las cebollas, las papas y las zanahorias. Cuecen algo de pan y, lentamente, despunta el mediodía. Lentamente es hora de almorzar. Lentamente sale de la casa en busca de su esposo y de Neló. Maquito debe estar jugando con los perros.
Ya unos metros antes de llegar, puede ver Irma a su esposo trabajando. Sin camisa, enterrando clavos en las maderas. Dándole forma a ese edificio precario, que aún no es. Irma observa.
Ya unos metros antes de que llegue, Taco puede ver de reojo a su esposa. La brisa la despeina, y ella, inútilmente, trata de mantener esos cabellos en orden. Si, su brazo ya trabajó bastante, lo siente en el hombro, de tanto martillar y tanto serruchar. Al fin es hora de comer.
-Ya es hora de comer- anuncia la mujer.
-¿Si?, pero es que aún no tengo hambre- miente él.
-Ya está lindo esto, ya tiene forma. Va a quedar muy lindo-, dice ella distraída, mirando a su alrededor.
-Si, pero yo todavía no tengo hambre- insiste, acercándose por detrás, mirándola de arriba abajo, concentrándose en su trasero.
-Hicimos conejo con doña Concepción- explica Irma, que antes de terminar de hablar siente el cuerpo de su marido estrechándose al suyo por detrás.
Taco recorre el cuerpo femenino, que considera le pertenece, con sus manos y se aferra a él. Su mano derecha presiona los senos y sus oídos sienten como la respiración de Irma se agita y se hace más profunda. Su mano izquierda baja, en busca de su sexo. Ella trata, sin conseguirlo, de frenarlo. Pero Taco es más fuerte.
-Tu hermano, Taco, puede andar por acá- dice, buscando apelar a la razón. Pero Taco está cegado.
-Tu hijo también nos puede ver- reclama haciendo un último pero inútil intento-... el nene puede estar dando vueltas...
Taco ya se hizo de su sexo, y nada va a poder detenerlo. Ella comprende que debe cumplir su deber de esposa y cierra los ojos. El la voltea, y ya de frente sube el vestido que esconde su feminidad. Con movimientos cada vez más toscos, rápidos y torpes se desabrocha el pantalón. Pronto, arremete contra ella. Una, dos, tantas veces... Mordiéndola y besándola durante algunos minutos; y hundiendo, finalmente, su cabeza en su cuello y su hombro. Los últimos espasmos, y todo ha terminado. Unos momentos de silencio, y ella lo abraza. Segundos después, Taco se endereza. Se miran, pero nadie habla.
-Voy en un momento-, dice, abrochándose el pantalón y tomando el martillo nuevamente.
Irma lo observa seguir trabajando, mientras se acomoda el vestido y la ropa interior. Emprende el regreso a la casa, intentando peinarse de nuevo.
A no muchos metros, Neló observa, lo que no ha visto por única vez. Ninguna es la reacción de Neló, y ningún movimiento efectúa. Sólo observa a la pareja, que tan unida estuvo hace instantes, separarse ahora. Prende un cigarro y, esquivando a Taco a varios metros, por detrás de los árboles y arbustos, enfila para la casa. Es la hora de comer, y tiene hambre.


IV


Un día visitó la casa un hombre. Concepción empeoró fuertemente desde el día en que apareció. Era alto y moreno. Tenía una barba desprolija y negra, que estaba sucia como su pelo y su ropa. La ropa era, además, vieja, oscura y estaba rotosa. Su paso era lento, y su voz era profunda. La más profunda y perturbadora que ninguno de los mapuches de esa zona hubiese escuchado jamás. Sus ojos eran pardos y su mirada angustiaba, tanto como al mismo tiempo aquietaba.
Surgió de entre la arboleda y caminó en dirección a la casa. Maquito jugaba sobre el pasto; al verlo se quedó quieto y lo miró de arriba abajo, para luego buscar sus ojos. El Hombre lo miró al pasar por su lado y esbozó una sonrisa, pero claramente no era inocente ni bien intencionada. Golpeó la puerta y pidió pan a Concepción, sin siquiera presentarse. Sólo quien ha pasado hambre sabe lo que eso significa, y por eso la anciana le convidó con pan, manzanas y tomates. No pidió entrar en la casa, ni tampoco se lo ofrecieron. Comió fuera, mirando a lo lejos el lago, sentado en el suelo, dándole la espalda a la ventana por la cual miraba algún miembro de la familia ocasionalmente.
Comió el pan y los dos tomates. Guardó las manzanas entres sus ropas y fumó un cigarro. Tardó en incorporarse. Cuando al fin lo hizo, caminó hasta desaparecer en el bosque. Concepción empeoró fuertemente desde el día que apareció.
No se hicieron comentarios sobre la visita, ni en ese ni en los días siguientes. Y todo siguió como estaba. Todo menos la anciana. Al quinto día después de la misteriosa llegada, ya no pudo levantarse a preparar los mates ni el pan. Irma se encargó de los quehaceres y de cuidarla. La anciana transpiraba y se agitaba, y cuando tosía, los muchachos sentían ganas de irse y no oírla, pues era algo desgarrador. Maquito preguntaba si iba a morir, pero Irma callaba, y ponía nuevos paños sobre la frente de la mujer, que tiritaba de fiebre.
Exactamente una semana después de la primera visita, el Hombre volvió. Pidió pan y manzanas, pero rehusó los tomates. Mordió el pan enfrente de Taco y sonrió. Sus dientes eran horribles. Se volteó y se alejó. Taco pudo oír una risa por lo bajo.
Esta vez no comió cerca, sino que se alejó por dónde había venido, con el pan en las manos.
**
Bs. As., Verano-Otoño-Invierno 2006
Runin Vari

miércoles, 10 de octubre de 2007

Música #1



Filburt es la guerra del frustrado:

una pequeña ventana que, a veces,

se deja mirar hacia fuera.

a veces…

un cálido lo-fi y una voz poco entrenada

en notas graves.

entren y escuchen:


***

jueves, 4 de octubre de 2007

Relato #3 (1era de 3 partes)

De cuando conocimos el gran lago y su gente...


Pequeño y humilde homenaje a un Galés (I)

a D. T., poeta

I

Despacio... muy despacio comenzó a abrir los ojos. La cara de Taco enfrente de la suya respirando fuertísimo. Volvió a cerrarlos. Los pies congelados que se habían quedado afuera de la frazada. El frío no va a dejarlo seguir durmiendo. Se endereza, bosteza. Madre estará preparando el desayuno junto con Irma, piensa mientras se destapa y comienza a vestirse. Despacio, no quiere que Taco y Maquito se despierten también. Se incorpora, y va en patas hasta la escalera. Ahí se calza y ata los borsegos. Baja, saluda con un movimiento casi inapreciable de la cabeza y chupa el mate que las frágiles manos de madre le alcanzan.
-¿Dormiste bien?
-Si
-¿Tu hermano?
-Duerme aún.
-¿Y Maquito? ¿También duerme aún?
-Si, Irma, también duerme el enano.

Neló corta un pedazo del tibio pan con los dedos y lo mastica, despacio... muy despacio y en silencio. De reojo mira a su madre, que no es su madre, y se compadece de su vejez; de lo voluntariosa que aún trata de ser, aunque ya sea casi únicamente un estorbo. Ella no quiere aceptar que la mujer de la casa empieza a ser Irma. Ella, igual que Neló, igual que Irma, igual que todos, se da cuenta de que sus manos tiemblan, de que ya casi no oye y de que ya casi no ve. Ella, al igual que el muchacho, comprende que la muerte está merodeando.
Los rayos de sol comienzan a entrar con un poco más de fuerza ahora. Le molestan. Entrecierra los ojos, Neló, y corta un pedazo más de pan; lo mete entero en su boca, mientras se para y extiende la mano para que depositen de nuevo el mate en ella. Chupa, a la vez que corta, con la mano libre, otro pedazo de pan, más grande que el anterior. Lo guarda en el bolsillo del jogging. Bufanda, gorro, saco y sale. Afuera, al lado de la puerta, tomando mate solo, se encuentra don Pedro, el curtido mapuche abuelo de Neló y de Taco. Se miran, ambos ensayan un gesto prácticamente imperceptible. Neló se va.
Le tocan los bueyes hoy. Ayer no llevó las maderas a lo que alguna vez será la sanguchería de Taco. Camina hasta las vacas, tratando de meter toda la cara debajo de la bufanda, sabiendo que es imposible. Qué frío en las manos, maldita sea, se dice, mientras acomoda un leño sobre las nucas de las dos bestias impávidas. Unas vueltas de soga alrededor de los cuernos y los guía. Para guiarlos no hace falta más que apoyar una caña entre ambas cabezas marcándoles el camino y pegar un grito. Ya... ya está calentando un poco el sol. Recuerda el pan y lo busca en su bolsillo. ¡Se ha caído, la gran mierda! Se cayó del bolsillo. Puno ya lo debe estar comiendo, si no lo encontró Caranegra primero. Los perros del demonio. Maldice un poco más, hasta que se olvida cargando las maderas.
Las lleva. Ya no piensa en el pan para nada. Ya no piensa. La rutina lo envuelve. Camina, guiando a los enormes animales, a través del sinuoso camino. Va tan abstraído que ni siquiera puede darse cuenta que ese camino, que caminó ya tantas veces, es rodeado por un paraíso. Las hojas lo miran. Las hojas y las ramas de las que cuelgan. Las hojas, las ramas y los árboles que las sostienen. Y los pastos, que trepan y trepan hasta deshacerse en montañas. Y las enormes cimas lo miran. Y Neló camina y mira sus pies, y patea una piedra. Y descarga de a poco las maderas. Y ya no tiene frío. Y vuelve a buscar otras maderas. Y recorre el mismo camino, y de nuevo las descarga. El pequeño edificio ya empieza a tener más forma. Acá estará el mostrador; ¿Y acá? ¿Una heladera? ¿De dónde podría sacar Taco una heladera para los sánguches?, ¿Pararán los turistas a comprar sánguches?, piensa, mientras enciende un cigarro.
Mira Neló. Mira el cielo y mira la montaña. ¿Acaso va a vivir toda su vida acá? Reflexiona sobre eso mientras tira de un pedazo de cuero sobrante de sus zapatos. Ya no durarán mucho más... Como madre...
La madre de Neló no es la madre de Neló. Taco era chiquito cuando Neló respiró por primera vez, mientras su verdadera madre lo hacía en una última oportunidad, aferrándose a la mano de quién cuidaría de sus hijos todo el tiempo que pudiera. El padre de Taco, algún militar que hizo promesas, y se las llevó con su pase. El padre de Neló... ¿quién sabe? Algún viajante, quizás.
Si, un viajante, como los que pasan por acá; y se fotografían con nosotros... Como si fuésemos parte del paisaje.
¿Porqué diablos estoy tan fastidioso? El cigarrillo le quema los dedos, y al fin reacciona. El sol pega más y más fuerte, totalmente libre en el cielo; sin ninguna nube que lo estorbe. Vuelve a la casa, todavía tiene que sacar los tomates y buscar huevos.

II

¿Qué pasa, hijo?... Ya estoy despierto... El niño lo mueve, y se ríe, y le da besos en la cara. Pero Taco todavía está mitad en sueños. Lo abraza finalmente, y lo besa. Maquito se viste y va corriendo escaleras abajo. Taco se queda sentado, con las piernas estiradas y enfundadas en las frazadas aún. No piensa en nada, sólo busca fuerzas para pararse y empezar su día. Hay que ir a martillar y a serruchar.
Taco toma mates. ¿Neló ya salió? Está laburador el crío. Los cuatro quedan en silencio. Sólo habla Maquito a veces. Me voy a ver a los caballos y después estoy en la sanguchería, se despide Taco, saliendo por la puerta.
Inmediatamente después de cruzarla, la anciana comienza a toser. Taco cierra la puerta y queda inmóvil afuera de la casa, atento. La tos es desgarradora, brutal. Parece que quiere arrancarle la vida, a la pobre vieja. Escucha a Irma tratando de ayudarla. Taco mira hacia arriba, recuesta su cabeza contra la pared y cierra los ojos. Los aprieta y los siente perder lágrimas. Escucha a Irma de nuevo, horrorizándose ahora de la sangre que los viejos pulmones llevan hasta la boca. Taco ya ha visto el ámbar en sus viejos dientes, en sus labios y en su lengua. Como si poco a poco la sangre la abandonara, presagiando que la vida seguirá el mismo camino. Al lado del joven, el esposo de la agonizante mujer permanece imperturbable.
Trata de recomponerse, Taco. Se refriega los ojos y camina. Mira el cielo, y adivina que va a ser un buen día. Caranegra y Puno le ladran y le juegan. Hola, hola; basta, basta. Camina hasta la tranquerita y la abre. Mira a los caballos. Acaricia la trompa de Lucero, y el enorme caballo blanco lo observa atentamente con sus inmensos ojos. Taco toca su pata trasera, está sanando despacio, se ve bien.
Neló ya habrá cargado las maderas, piensa, y se dispone al trabajo. Busca las herramientas y enfila hacia la casita. Piensa en la anciana que es su madre y que al mismo tiempo no lo es. Taco era chico, pero se acuerda de su madre muriendo. Era un nene, pero tiene grabada a fuego la figura de la mujer, que le dio vida y lo amamantó, en sus últimos momentos. Gritando desesperada, y mostrando todos los dientes en una cara de sufrimiento que él nunca había visto. Lloraba y se aferraba de la mano de la abuela. La abuela que después sería madre de nuevo. Y sangraba, y lloraba y gritaba de nuevo. De pronto, un llanto, un nuevo llanto. Un llanto infantil. Y el silencio materno, para siempre.
Escupe con fuerza en el suelo y monta al potro. Al paso, se aleja de la casa, y se confunde en el paisaje. Prende un cigarro, mira las cimas y suspira. El humo le calienta la cara, y lo relaja. Es un día como cualquier otro.
**
Bs. As., Verano-Otoño-Invierno 2006
Runin Vari