
Pequeño y humilde homenaje a un Galés (III)
a D. T., poeta
V
Antes de que terminara el día de la segunda visita, la situación de Concepción llegó al límite. La tos de la mujer era tan brusca que parecía que cada espasmo sería el último. Intentaba hablar, pero el balbuceo se escuchaba muy bajo y era indescifrable. Taco decidió que debía llegar a final.
A la mañana siguiente, Neló parte a comprar al pueblo en el colectivo de la ruta, y Taco le exige que lleve a Irma y al pequeño. Con la casa ya vacía, cierra las persianas y entra en la habitación de la anciana.
Allí están, solos ellos dos. Los ojos de Taco se entierran en los de Concepción, y la mujer sonríe débilmente. Pero vuelve a toser. Taco se acerca a ella y se arrodilla al lado del lecho.
Perdón, madre, pero es lo mejor para usted... Taco deja caer una lágrima. Pero está convencido que es lo mejor para esa fuerte mujer. Ella también llora, pero de dolor. Vuelve a toser una vez más. Cada vez que tose parece que será la última. Es una convulsión salvaje, da la sensación de que no puede resistirlo. El brazo de Taco se extiende y su mano peina los cabellos grises que caen por la frente de la mujer recostada. La mano ahora acaricia suavemente la cara arrugada y se detiene en los ojos.
-¿Taquito...?, susurra la anciana, y su cara y su tono develan una expresión de incomprensión.
Y la mano de Taco baja hasta la boca. Su otra mano, ante los ojos azules, llorosos y aterrorizados de la mujer, se posa en la nariz, y la aprieta. La mujer tose de nuevo, se arquea y sus ojos se mantienen muy abiertos, clavados en los de Taco. Gime y trata de moverse y liberarse, pero está muy débil. Solamente atina a posar sus manos sobre las del joven, nada más. Las lágrimas de Taco caen sobre la anciana y son absorbidas por la tela de su vestido. Don Pedro, a unos pasos detrás, es el único testigo, inmutable e impávido.
Madre ha muerto... La noticia trajo silencio al resto de la familia, pero nadie reaccionó emotivamente. Salvo el niño, que lloraba a escondidas.
VI
La rutina y la tranquilidad fueron retomándose de a poco, con el correr de los días. Irma tomó el lugar de la mujer, y se encargaba de todo en la casa. Una casa que había perdido la poca alegría que alguna vez hubo tenido.
Maquito enfermó días después. Irma creía que se debía a la nostalgia por la muerte de Concepción. El niño no intentaba hablar. Sólo estaba callado, mirando con ojos cansados a la pared. Estaba pálido, como si la sangre se le evaporara despacio.
Por las noches Neló miraba al bosque, y le parecía ver que el maldito rondaba la casa. Un día lo oyó muy cerca de la casa, tosía y reía. Maquito permanecía en cama y lloraba.
Los días transcurrían y el niño seguía acostado, Irma seguía triste y todos seguían prácticamente sin hablarse. Taco estaba muy afectado por la condición de su hijo, y otro cambio de rol se llevó a cabo en la casa: Neló se hacía cargo de gran parte de las tareas de su alicaído hermano.
Había ido al pueblo. Bajó del colectivo en la bifurcación del camino, frente a la capilla, y emprendió la caminata hasta el rancho. No hacía frío, pero unas nubes negras comenzaban a juntarse en el cielo; iba a llover.
Cuando llegó, una llovizna había comenzado. La cocina estaba vacía.
- ¿Taco...?
Nadie. Volvió a preguntar, en voz más firme. Buscó a Irma. Nadie.
VII
Insistió en sus gritos y llamados, pero nadie respondió. A dónde irían todos, y sin avisarme, se preguntaba el muchacho. Se acordó de su sobrino, y subió a la habitación a buscarlo. No estaba, y las colchas estaban desparramadas. En su asombro pudo ver, a través de la ventana a su hermano y a Irma. Corrió escaleras abajo a ver qué demonios ocurría. La lluvia ya era torrencial.
-¡Taco!, gritó. Iba a volver a gritar, ante la pasividad de su hermano, pero se detuvo cuando adivinó la figura de el Hombre unos metros a la derecha de la pareja; la pareja le daba la espalda.
Neló miró a los ojos de el Hombre. Los desconoció. Vio a Irma y a Taco arrodillarse, con las cabezas gachas. Volvió a mirar al malvado. Sus oscuros y grandes ojos se enterraron en los del joven mapuche. Muy fuerte. Tan fuerte que tuvo que dejarse caer de rodillas y apoyar las manos en el barro.
Clavó la mirada en la tierra y sintió un leve alivio. Volvió a mirar a la pareja y se horrorizó al notar que no reconocía sus ojos. Trató de enderezarse y alejarse, pero resbaló. La lluvia estaba haciendo del suelo una superficie imposible.
Cayó hacia atrás, apoyando esta vez los codos en la tierra y el agua. Sintió miedo al ver la cara de su hermano.
Una vez más miró al Hombre, que se mantenía en su lugar, sin prisa, sin expresión. De nuevo a los ojos de su hermano, a los de Irma, y una última vez al Hombre. Entendió que, como alguna vez le ocurrió a un predicador en una pradera a miles de kilómetros de allí, estaba frente a sus enemigos.
Muerto de miedo, su corazón educado cristiano lo llevó a pedir a Dios. Rezó, cerrando los ojos y juntando las manos. Quiso incorporarse, pero se sentía débil y cayó al suelo nuevamente. Aunque ya resignado, el disminuido, lloroso y embarrado aborigen pidió por favor al Hombre. Pero las lágrimas le impedían rogar. Así que intentó arrastrarse a los pies de quien ya creía su verdugo.
De pronto, un brazo adulto y conocido lo sujetó con fuerza por detrás. Tapó su boca y lo inmovilizó, estrechándolo contra un torso fornido. Neló pudo ver que el rostro que coronaba la figura era el de su abuelo. Sintió una inmensa alegría que lo hizo continuar con su llanto. Lo hubiera abrazado, y le hubiera agradecido, pero el hombre, que aunque anciano poseía una gran fortaleza, lo estrechaba muy fuerte. Dudó...y se inmovilizó cuando vio el hacha en la otra mano.
Intentó gritar. Intentó soltarse. Y luego se tranquilizó. Entre las lágrimas, miró al enemigo. Pensó en Maquito, pensó en su abuela y en su madre. Pidió perdón por sus faltas y cerró los ojos para no abrirlos nunca más.
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Bs. As., Verano-Otoño-Invierno 2006
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Runin Vari

