martes, 25 de septiembre de 2007

Poesía #13

De cuando volví de un viaje sintiendome débil...

Las rodillas dobladas
El canto del pájaro,
Las manos desnudas;
La madre que sueña la vida del hijo.
*
El hombre que ama,
El niño que llora;
La sangre que fluye.
*
No hay dios, el dios es mi vida.
*
Las rodillas dobladas,
No dejan que me pare;
Los dedos torcidos,
Los besos y abrazos.
*
Los escudos, las espadas,
No tuve defensa ni ataque;
Los ruegos, las palabras;
Los viajes, la gente.
*
Las bocas,
La boca,
Su boca,
Sus labios, sus dientes,
Su mente;
Y yo.
*
Yo roto,
Yo maldito,
Yo desnudo;
Yo solo,
Lejos,
Tonto,
Pálido,
Flaco,
Y débil.
*
Y mi mente,
Y mis dientes,
Y mi boca,
Que se muerde para no pedir.
*
Mi boca que llama,
Que llora y ahoga los gritos,
Traga las palabras,
Mastica las broncas.
*
Y mis ojos,
Que también se muerden,
Porque no quieren quedarse secos.
*
Los dejo cerrarse, entonces,
Y me trago las lágrimas;
La panza se ahoga,
Se mueve la mente.
*
Y el dolor.
*
El dolor que duele,
Como hacía tanto no dolía;
No sé bien donde,
Si en la panza,
Si en los pulmones,
O si es más adentro.
*
Lo siento,
Y aunque altere mi mente,
Las manos me tiemblan,
Y estoy solo de vuelta;
Estoy lejos,
Estoy frío.
*
Me acuesto,
Me enfermo,
Me muero, me disuelvo;
Me desarmo,
Y, lentamente,
Me duermo.
***

Río de la Plata, Verano-Otoño 2006

Runin Vari

martes, 18 de septiembre de 2007

Relato #2 (2da de dos partes)

De cuando transformé un viaje en un conjunto de palabras y lágrimas...

[Sin Fotos]

El paño blanco (II)
Al fin, y todavía sin mirarlo, le pidió gentilmente que se sentara. Y él lo hizo. Ella giró hasta quedar boca arriba y tomó sus manos. Se mordía los labios, y una lágrima caía por su rostro. Después de tanto tiempo de espera, él se sintió liberado al ver nuevamente sus hermosas facciones. Ella le tomó la cara con las manos y lo acercó hacía sí, mirándolo fijo. Él cerró los ojos muy despacio, dejándose trasladar y sintió el beso. Sintió dormir en esos labios de aire. Sólo quiso quedarse así, mientras acariciaba la femenina piel. Eso era todo para él. Su piel: suave, perfecta, cálida, hermosa.
Pero se miraron, luego, a los ojos tan fuerte... y él sintió miedo. Se miraron a los ojos... y ella lo despeinaba y lo volvía a peinar con las manos, en un movimiento lento y pensativo, mientras lo miraba. Y parecía analizarlo. Sin embargo, le contó cuánto lo había extrañado y cuánto había estado desando verlo de nuevo. Él le creyó. Y le acarició los párpados con sus labios, la mejilla con su mentón y los labios con su lengua.
**
Abrigándola con la prenda, que hasta ese momento todavía mantenía entre sus manos, se recostó en su pecho pensando en sentirse bien, en sentirse fuerte; ella lo abrazó. Pero a pesar de lo que había soñado, no se sintió protegido, no se sintió cuidado. Entonces lloró algunas pocas lágrimas. La mujer también sintió dolor, pero se cuidó de no llorar.
Permanecieron quietos y en silencio. Los segundos corrían como horas, y los dos comenzaron a darse cuenta de lo que traería el tiempo, sabían lo inevitable. Cuando ya no pudo escuchar más la quietud, se enderezó y la miró. Ella hizo lo propio y pudo ver en sus ojos, enormes pero como de niño, su angustia. Pudo ver porque él dejaba que lo viera. Pero su femenina debilidad no pudo soportarlo, y terminó desviando la mirada y recostando su sien sobre las sábanas como una muerta. Él volvió a recostarse sobre ella y le mojó la cara con lágrimas. Besó su mejilla, como pidiendo, pero no hubo reacción. Besó, luego, su cuello. De cerca pudo ver una lágrima intentando abandonar los pequeños y femeninos ojos, pero estos se mordían...
Pidió por favor, y ella, sin mirar, le tomó la mano mientras cerraba los ojos. Permaneció quieta, deseando poder sentir lo que alguna vez había sentido... pero no pudo. Él le dijo algo muy frío al oído, algo que remitía al odio. Se irguió y le tocó la cara, dándole la mejor caricia que pudiera dar. Ella lo miró al fin y el desolado pudo ver que ella quería pedirle perdón con la mirada. Pero las palabras no salieron, las palabras se ahogaban. Él sintió dolor, porque conoció el rechazo. Ella sintió dolor, porque no pudo evitar el rechazo. Nuevamente, el silencio.
**
Segundos después, abandonando la prenda para siempre sobre el deseado cuerpo, se incorporó y, alejándose de la cama, le dio la espalda. Caminó muy despacio, esperando que lo detuviera, pero no ocurrió. Ella soltó la lágrima que contenía. Y él llegó hasta la puerta.
La atravesó, cruzó la sala y llegó a los pies de la escalera. La puerta de entrada estaba abierta de par en par, porque la había dejado así al entrar. Miró el valle y se quedó sin aire. Miró a la luna y sintió que ésta lo llamaba. Volvió a pensar en las palabras que le había oído decir hacía tanto tiempo, y las escuchó mentirosas. Volvió a pensar en la mujer, y la vio niña. La vio maldita. Se vió muerto, pero con sed de vivir. Comenzó a caminar nuevamente sobre el verde. Poco después, se perdió en los árboles.
Dentro, la mujer dejó salir, detrás de la primer pequeña lágrima, una más y se aferró al paño. Lo notó extraño, lo notó pesado y tibio. El paño estaba empapado, y la manchaba. El ámbar caía hasta el suelo. Se miró la piel, que ahora vestía de sangre. La sangre, supo, no era de ella.
***
Bs. As., Otoño-Invierno 2006
Runin Vari

jueves, 13 de septiembre de 2007

Poesía #12


Borrachos en la cocina
Esto no es una despedida.
Me acuesto y nunca duermo,
Trago, pero nunca sacío mi sed,
Escupo y nunca corto la piel.
*
Te voy a extrañar,
Nunca te dejé de querer.
Montañas de amor te acarician,
Te escalan, te dejan ser.
*
Esto no es una despedida,
Lo NUESTRO tampoco es una despedida.
Si hubiera elegido conocerlos de una manera,
Hubiese sido de esta misma.
De la única forma en que no los voy a extrañar,
Será cuando los vea inmersos en mi mundo paralelo;
Donde no puedo verme a mi mismo.
Sólo ustedes, en mis sueños.
*
Aunque cambiemos, siempre vamos a ser los mismos,
Por eso quiero que cambiemos.
Separados por un tiempo, pero juntos.
*
Te voy a extrañar,
Te voy a olvidar,
Te voy a tener justo en el centro del cerebro.
Haciendo nacer lágrimas,
Arrugando la piel en sonrisas,
Doblando las rodillas cuando me caiga.
Rompiendo paredes con mis puños,
Vestidos sólo de sangre.
*
Fumando millones de humos,
Soñando 100 sueños,
Riendo imbécil.
***
Bs.As., Invierno 2007
Texto: Jools/John/Stiven
Foto: Lulo

martes, 11 de septiembre de 2007

Relato #2 (1era de dos partes)

De cuando transformé un viaje en un conjunto de palabras y lágrimas...

[Sin Fotos]

El paño blanco (I)
La puerta estaba sin llave y ni siquiera rechinó anunciando su entrada. Había caminado por el bosque y atravesado el valle para llegar. La casa estaba oscura y lo recibió mostrándole las escaleras hacia el piso superior; al lado y en la misma dirección, el pasillo hacia la cocina y los cuartos traseros; y, a la izquierda, la habitación central.
La débil luz de la luna, que bañaba el valle, entraba pálidamente a la casa. Posó su mano derecha sobre la baranda de la escalera. En el mismo movimiento miró, entrecerrando los ojos, hacia el fondo del pasillo. Finalmente, caminó hacia la izquierda; hacia la vacía habitación.
Se quedó parado mientras la recorría con la vista. Frente a él, los dos viejos sillones posados en dirección del hogar, y el hogar apagado, como parecía haber estado durante siglos. La biblioteca un poco más a la izquierda, con menos libros de los que su capacidad podía albergar, dispuestos todos con mucho lugar entre uno y otro, y recostados hacia un lado, como empujando. Al costado de la misma, la pequeña mesa, con una vela que tampoco contaba con el calor del fuego. Las largas y fantasmales cortinas blancas cubrían sólo parcialmente las ventanas en la pared de la izquierda; uno de los vidrios estaba roto y dejaba que la fría brisa entrara. El ambiente era helado y el suave soplido por momentos le despeinaba el flequillo.
En la pared opuesta, a su derecha, se imponía la puerta de entrada a la pieza. La puerta que había pensando atravesar durante todo su largo viaje. La puerta que no estaba del todo cerrada. Enfrente suyo, en el respaldo de uno de los sillones, pudo ver posada una prenda perteneciente a la mujer. Una prenda blanca y muy limpia. Se acercó y su mano reposó sobre la tela, mientras miraba distraídamente alrededor, a las ventanas, a la biblioteca, a la puerta...
Caminó dos pasos en dirección a la pieza y se arrepintió de no haber tomado la prenda, sin embargo continuó. Pero tres pasos más adelante, sin detenerse del todo, giró sobre sí y volvió a buscarla. Caminaba nuevamente ahora, con la tela tomada de un extremo en su mano izquierda, casi sin fuerza, arrastrando la otra extremidad por la alfombra. Su andar era débil, como tímido, como temeroso, pero decidido al fin. Arrastrando también, entonces, los pies, llegó hasta el final de la sala. Sin detener del todo la marcha, empujó la puerta suavemente con el revés de su mano derecha, y ésta se abrió. Su otra mano apretaba ahora el paño muy fuerte.
**
Se detuvo y observó la habitación. Era clara y cálida. Los detalles y adornos eran azules y celestes, en tonos pasteles. Allí las velas sí estaban prendidas, y teñían el ambiente en una amarillo débil. Ella estaba recostada, mostrándole su espalda desnuda. La recorrió con los ojos.
La observó desde la mano izquierda en la cabecera de la cama, que caía como muerta, pasando por el largo brazo extendido; por la cabeza, que tenía el pelo recogido y le mostraba su nuca y su cuello; por su espalda, blanca y pura; por el contorno de la perfecta curva que se dibujaba desde la cintura hasta la cadera; por su trasero y sus piernas, que estaban torpemente tapados por las blancas sábanas; hasta sus pantorrillas, que se liberaban de la pálida cortina y descubrían, finalmente, sus pequeños pies. Casi la tocó con los ojos.
Se acercó hasta la cama, y se quedó de pie, mirándola, con un esbozo de sonrisa en la expresión. Ella actuaba como si no supiera que él estuviera allí, o como si no le importara. Los segundos no pasaban para él. No podía evitar querer tocar y acariciar su cuello; desear sus grandes y perfectos senos; querer besar la increíblemente suave piel de sus mejillas, brazos y espalda; perderse en sus carnosos labios de oro, sus firmes carnes, sus dulces piernas.
**
(Fin Pirmera Parte)
Bs. As., Otoño-Invierno 2006
Runin Vari

lunes, 10 de septiembre de 2007

Poesía #11

De cuando me embarqué rumbo este, a la nada. Luego vería películas...

Te pido la Piel
Juego al juego
Y cambio las pieles;
Rompo ideas
Y corro el tiempo.
*
Persigo sucesos,
Viajo la vida;
Busco los días,
Sueño mil sueños.
*
Si recorro senderos,
Y camino caminos;
Abro los ojos y,
Quizás, tus pies pequeños.
*
Te doy, entonces, mis manos,
Y me saco la piel,
Para abrigarte.
*
Te pido tu piel,
Me duermo en tus besos,
Y te ruego que te quedes.
***

Río de la Plata, Verano-Otoño 2006

Runin Vari

jueves, 6 de septiembre de 2007

Relato #1

De cuando miré atrás en los recuerdos y después vi morir...


Niño muerte, niño vida

“... Algo, como la hoja fría de un puñal,
penetró en mi cerebro;
faltó a mis ojos luz y a mi pecho aire:
era la muerte, que me hería...”
Jorge Isaacs

El niño nació en el sur. Muy al sur. Nació en otoño, en una fría sala de hospital. Se encontró con una madre agotada y un padre lloroso. El niño lloró también. El hombre, robusto y con pelos en el rostro, y la mujer, delicada y esbelta, ya tenían descendencia. El niño conoció a su hermana, de largo pelo negro y reía. El niño río también. Y creció, nutriéndose de leche materna y caricias. Durmió siestas interminables. Se río de las gracias y lloró, lloró como el ser más caprichoso de la tierra.
Lentamente llegó al año de vida, con mejores capacidades para moverse que para comunicarse (aunque ya se advertía su fuerte expresividad). Sus ojos se notaban enormes y su cabeza se adornaba de mechones del color del oro. La Mamá y el Papá eran felices y estaban orgullosos. La pequeña casa ya abrigaba, y eran cuatro personas, mientras volvía a nevar.
No contaba con un año y medio cuando cayó al agua. Se hundió gritando y su boca abierta permitió que tanta agua entrara a su cuerpo. El niño moría, se inundaba su frágil vida, se la sacaban; pero en el final fue rescatado. Llegó muy rápido al hospital. El Papá no recordará nunca qué ocurrió en los minutos entre que colgó el teléfono que le anunciaba la noticia y su llegada a la sala de urgencia. Lloró con la Mamá. Abrazados, juntos, desesperados. Era muy pronto; era tan pronto. Pero los tubos que le metieron en la garganta le vaciaron los pulmones de agua y la pequeña nariz los llenó una vez más de vida.
El niño siguió creciendo, y se hizo un poco más fuerte. Los dientes, muy pequeños, le dolían la boca. La cabeza se hizo grande y se llenó de pelos. Y aprendió a hablar. Y a correr. Y trepó árboles, y trepó cercos.
Un día, por primera vez, le cosieron la piel. Y siguió creciendo, cambiando sus pieles. Los pelos se hacían un poco más castaños. Acarició perros (años después habría de leer que todos los perros me quieren). Aprendió a jugar. A conocer otros niños (parecidos, pero nunca como él), y jugó con ellos, y corrió por muchos pastos; y se columpió en hamacas; y montó subibajas. Y subió a toboganes. También, desgarrando la voz, aprendió a sangrar y a sentir el dolor quemándole la carne.
El niño creció aún más. Creció y se formó. Aprendió a leer y aprendió a escribir. Aprendió a pelear. Y volvió al agua. Volvió muchas veces. Y una vez el mar estaba furioso. Pero él lo desafió y corrió dentro, penetrándolo fácilmente en cada patada. Sólo que esta vez el mar lo golpeó, justo cuando quiso salir. No lo dejó. Pero El niño se había hecho más fuerte, y esta vez peleó y nadó. Hasta que golpeó la roca tan fuerte que su talón dejó salir la sangre. Y el mar golpeó de vuelta. Y la Hermana y el Papá gritaban, y lo veían alejarse. Y la Mamá lloraba. Y la desesperación les pegaba en las espaldas. No resignándose, no queriendo ver que era El niño el que moría primero, que otra vez se enfrentaba al silencio. Y ahora todos gritaban. El niño perdía la pelea, porque las olas eran muy fuertes y altas y lo hacían sentirse débil. Y se lo llevaban más adentro. Aunque abatido, no estaba derrotado, no estaba muerto. El mar lo tiró muy fuerte contra las rocas y El niño las sintió clavarse en la piel de su pecho. Pero se aferró a ellas. Y continuaba recibiendo los golpes, aunque ya no podrían chuparlo dentro, no más. Todos lloraban y gritaban, y él salió caminando. Con la emoción de haber recibido los rasguños de la misma muerte en la nuca; la caricia helada de no vivir más. Aterrado, pero victorioso.
El niño creció todavía más, y su rostro se endureció y su cuerpo se formó. Y vivió vida, y vio, por primera vez, un cuerpo inmerso en la misma muerte. El niño amó y odio, y río más, y lloró. Aprendió a amar, a amar a aquellos que eran su familia, a la gente sencillamente buena, a las mujeres hermosas y dulces, a los libros, a la música y a las películas. Descubrió el odio, el odio más profundo. Y descubrió cuánto le gustaba reír. Y supo lo que era llorar de la forma más desesperada, cuando el pecho se cierra y los ojos muerden lágrimas. También recibió muchos otros golpes. Su cuerpo, además, se llenó de marcas. Algunas sólo en la piel, otras mucho más profundas. Y recibiría un gran golpe más. El niño supo de gente cercana que moría. Gente joven, gente vieja; gente sana y gente enferma; familiares y conocidos. Aprendió que él, como todos, vivía cerca de la muerte.
El Papá tenía una madre, la abuela de El niño. La Abuela era muy anciana. Y a veces se perdía, y a veces no entendía. Y se repetía, se olvidaba... Y ya no pudo vivir más sola. Se caía, se golpeaba. Y El niño la observaba en sus visitas. Y tuvo que ir a una sala con medicinas, con suero en los pequeños y arrugados brazos. La Abuela largaba vida en cada expiración. Se vaciaba. Y El niño la acompañaba, le acariciaba la frente. Le dio de comer, le habló, la escuchó decir sus incongruencias y sus fantasías. La Hermana también la acompañó. Pero sus huesos ya eran como de papel, su piel era casi transparente. Y cumplió nueve décadas. Y un día, se durmió y los ojos quedaron cerrados para siempre.
El niño había visto cadáveres, había oído el relato de la muerte del Abuelo, había ido a entierros y a velatorios. Pero era su sangre la que moría. El Papá se despidió y el cajón ardió. El Papá lloró. El niño y la Hermana lloraron detrás de él. La Mamá de El niño lloró por ellos a miles de kilómetros. El niño acompañó al Papá hasta los árboles, desparramó la tibia ceniza en el verde y recordó una vez más a la anciana. Lloró con el Papá.
El niño volvió a ver el mar. El niño ya no es niño, y entendió qué es la muerte, qué es lo que significa, entendió que puede morir. Entendió que los que lo rodean pueden morir. Tocó la muerte y la vio a los ojos. El niño vive, y desde ahora, vive sabiendo la muerte.
***

Bs. As., Otoño-Invierno-Primavera 2006

Runin Vari