martes, 11 de septiembre de 2007

Relato #2 (1era de dos partes)

De cuando transformé un viaje en un conjunto de palabras y lágrimas...

[Sin Fotos]

El paño blanco (I)
La puerta estaba sin llave y ni siquiera rechinó anunciando su entrada. Había caminado por el bosque y atravesado el valle para llegar. La casa estaba oscura y lo recibió mostrándole las escaleras hacia el piso superior; al lado y en la misma dirección, el pasillo hacia la cocina y los cuartos traseros; y, a la izquierda, la habitación central.
La débil luz de la luna, que bañaba el valle, entraba pálidamente a la casa. Posó su mano derecha sobre la baranda de la escalera. En el mismo movimiento miró, entrecerrando los ojos, hacia el fondo del pasillo. Finalmente, caminó hacia la izquierda; hacia la vacía habitación.
Se quedó parado mientras la recorría con la vista. Frente a él, los dos viejos sillones posados en dirección del hogar, y el hogar apagado, como parecía haber estado durante siglos. La biblioteca un poco más a la izquierda, con menos libros de los que su capacidad podía albergar, dispuestos todos con mucho lugar entre uno y otro, y recostados hacia un lado, como empujando. Al costado de la misma, la pequeña mesa, con una vela que tampoco contaba con el calor del fuego. Las largas y fantasmales cortinas blancas cubrían sólo parcialmente las ventanas en la pared de la izquierda; uno de los vidrios estaba roto y dejaba que la fría brisa entrara. El ambiente era helado y el suave soplido por momentos le despeinaba el flequillo.
En la pared opuesta, a su derecha, se imponía la puerta de entrada a la pieza. La puerta que había pensando atravesar durante todo su largo viaje. La puerta que no estaba del todo cerrada. Enfrente suyo, en el respaldo de uno de los sillones, pudo ver posada una prenda perteneciente a la mujer. Una prenda blanca y muy limpia. Se acercó y su mano reposó sobre la tela, mientras miraba distraídamente alrededor, a las ventanas, a la biblioteca, a la puerta...
Caminó dos pasos en dirección a la pieza y se arrepintió de no haber tomado la prenda, sin embargo continuó. Pero tres pasos más adelante, sin detenerse del todo, giró sobre sí y volvió a buscarla. Caminaba nuevamente ahora, con la tela tomada de un extremo en su mano izquierda, casi sin fuerza, arrastrando la otra extremidad por la alfombra. Su andar era débil, como tímido, como temeroso, pero decidido al fin. Arrastrando también, entonces, los pies, llegó hasta el final de la sala. Sin detener del todo la marcha, empujó la puerta suavemente con el revés de su mano derecha, y ésta se abrió. Su otra mano apretaba ahora el paño muy fuerte.
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Se detuvo y observó la habitación. Era clara y cálida. Los detalles y adornos eran azules y celestes, en tonos pasteles. Allí las velas sí estaban prendidas, y teñían el ambiente en una amarillo débil. Ella estaba recostada, mostrándole su espalda desnuda. La recorrió con los ojos.
La observó desde la mano izquierda en la cabecera de la cama, que caía como muerta, pasando por el largo brazo extendido; por la cabeza, que tenía el pelo recogido y le mostraba su nuca y su cuello; por su espalda, blanca y pura; por el contorno de la perfecta curva que se dibujaba desde la cintura hasta la cadera; por su trasero y sus piernas, que estaban torpemente tapados por las blancas sábanas; hasta sus pantorrillas, que se liberaban de la pálida cortina y descubrían, finalmente, sus pequeños pies. Casi la tocó con los ojos.
Se acercó hasta la cama, y se quedó de pie, mirándola, con un esbozo de sonrisa en la expresión. Ella actuaba como si no supiera que él estuviera allí, o como si no le importara. Los segundos no pasaban para él. No podía evitar querer tocar y acariciar su cuello; desear sus grandes y perfectos senos; querer besar la increíblemente suave piel de sus mejillas, brazos y espalda; perderse en sus carnosos labios de oro, sus firmes carnes, sus dulces piernas.
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(Fin Pirmera Parte)
Bs. As., Otoño-Invierno 2006
Runin Vari

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