jueves, 6 de septiembre de 2007

Relato #1

De cuando miré atrás en los recuerdos y después vi morir...


Niño muerte, niño vida

“... Algo, como la hoja fría de un puñal,
penetró en mi cerebro;
faltó a mis ojos luz y a mi pecho aire:
era la muerte, que me hería...”
Jorge Isaacs

El niño nació en el sur. Muy al sur. Nació en otoño, en una fría sala de hospital. Se encontró con una madre agotada y un padre lloroso. El niño lloró también. El hombre, robusto y con pelos en el rostro, y la mujer, delicada y esbelta, ya tenían descendencia. El niño conoció a su hermana, de largo pelo negro y reía. El niño río también. Y creció, nutriéndose de leche materna y caricias. Durmió siestas interminables. Se río de las gracias y lloró, lloró como el ser más caprichoso de la tierra.
Lentamente llegó al año de vida, con mejores capacidades para moverse que para comunicarse (aunque ya se advertía su fuerte expresividad). Sus ojos se notaban enormes y su cabeza se adornaba de mechones del color del oro. La Mamá y el Papá eran felices y estaban orgullosos. La pequeña casa ya abrigaba, y eran cuatro personas, mientras volvía a nevar.
No contaba con un año y medio cuando cayó al agua. Se hundió gritando y su boca abierta permitió que tanta agua entrara a su cuerpo. El niño moría, se inundaba su frágil vida, se la sacaban; pero en el final fue rescatado. Llegó muy rápido al hospital. El Papá no recordará nunca qué ocurrió en los minutos entre que colgó el teléfono que le anunciaba la noticia y su llegada a la sala de urgencia. Lloró con la Mamá. Abrazados, juntos, desesperados. Era muy pronto; era tan pronto. Pero los tubos que le metieron en la garganta le vaciaron los pulmones de agua y la pequeña nariz los llenó una vez más de vida.
El niño siguió creciendo, y se hizo un poco más fuerte. Los dientes, muy pequeños, le dolían la boca. La cabeza se hizo grande y se llenó de pelos. Y aprendió a hablar. Y a correr. Y trepó árboles, y trepó cercos.
Un día, por primera vez, le cosieron la piel. Y siguió creciendo, cambiando sus pieles. Los pelos se hacían un poco más castaños. Acarició perros (años después habría de leer que todos los perros me quieren). Aprendió a jugar. A conocer otros niños (parecidos, pero nunca como él), y jugó con ellos, y corrió por muchos pastos; y se columpió en hamacas; y montó subibajas. Y subió a toboganes. También, desgarrando la voz, aprendió a sangrar y a sentir el dolor quemándole la carne.
El niño creció aún más. Creció y se formó. Aprendió a leer y aprendió a escribir. Aprendió a pelear. Y volvió al agua. Volvió muchas veces. Y una vez el mar estaba furioso. Pero él lo desafió y corrió dentro, penetrándolo fácilmente en cada patada. Sólo que esta vez el mar lo golpeó, justo cuando quiso salir. No lo dejó. Pero El niño se había hecho más fuerte, y esta vez peleó y nadó. Hasta que golpeó la roca tan fuerte que su talón dejó salir la sangre. Y el mar golpeó de vuelta. Y la Hermana y el Papá gritaban, y lo veían alejarse. Y la Mamá lloraba. Y la desesperación les pegaba en las espaldas. No resignándose, no queriendo ver que era El niño el que moría primero, que otra vez se enfrentaba al silencio. Y ahora todos gritaban. El niño perdía la pelea, porque las olas eran muy fuertes y altas y lo hacían sentirse débil. Y se lo llevaban más adentro. Aunque abatido, no estaba derrotado, no estaba muerto. El mar lo tiró muy fuerte contra las rocas y El niño las sintió clavarse en la piel de su pecho. Pero se aferró a ellas. Y continuaba recibiendo los golpes, aunque ya no podrían chuparlo dentro, no más. Todos lloraban y gritaban, y él salió caminando. Con la emoción de haber recibido los rasguños de la misma muerte en la nuca; la caricia helada de no vivir más. Aterrado, pero victorioso.
El niño creció todavía más, y su rostro se endureció y su cuerpo se formó. Y vivió vida, y vio, por primera vez, un cuerpo inmerso en la misma muerte. El niño amó y odio, y río más, y lloró. Aprendió a amar, a amar a aquellos que eran su familia, a la gente sencillamente buena, a las mujeres hermosas y dulces, a los libros, a la música y a las películas. Descubrió el odio, el odio más profundo. Y descubrió cuánto le gustaba reír. Y supo lo que era llorar de la forma más desesperada, cuando el pecho se cierra y los ojos muerden lágrimas. También recibió muchos otros golpes. Su cuerpo, además, se llenó de marcas. Algunas sólo en la piel, otras mucho más profundas. Y recibiría un gran golpe más. El niño supo de gente cercana que moría. Gente joven, gente vieja; gente sana y gente enferma; familiares y conocidos. Aprendió que él, como todos, vivía cerca de la muerte.
El Papá tenía una madre, la abuela de El niño. La Abuela era muy anciana. Y a veces se perdía, y a veces no entendía. Y se repetía, se olvidaba... Y ya no pudo vivir más sola. Se caía, se golpeaba. Y El niño la observaba en sus visitas. Y tuvo que ir a una sala con medicinas, con suero en los pequeños y arrugados brazos. La Abuela largaba vida en cada expiración. Se vaciaba. Y El niño la acompañaba, le acariciaba la frente. Le dio de comer, le habló, la escuchó decir sus incongruencias y sus fantasías. La Hermana también la acompañó. Pero sus huesos ya eran como de papel, su piel era casi transparente. Y cumplió nueve décadas. Y un día, se durmió y los ojos quedaron cerrados para siempre.
El niño había visto cadáveres, había oído el relato de la muerte del Abuelo, había ido a entierros y a velatorios. Pero era su sangre la que moría. El Papá se despidió y el cajón ardió. El Papá lloró. El niño y la Hermana lloraron detrás de él. La Mamá de El niño lloró por ellos a miles de kilómetros. El niño acompañó al Papá hasta los árboles, desparramó la tibia ceniza en el verde y recordó una vez más a la anciana. Lloró con el Papá.
El niño volvió a ver el mar. El niño ya no es niño, y entendió qué es la muerte, qué es lo que significa, entendió que puede morir. Entendió que los que lo rodean pueden morir. Tocó la muerte y la vio a los ojos. El niño vive, y desde ahora, vive sabiendo la muerte.
***

Bs. As., Otoño-Invierno-Primavera 2006

Runin Vari

1 comentario:

Anónimo dijo...

mar revoltoso
agua traicionera.
el niño sabe la muerte.
el niño sabe la vida.


te quiere.,
alguien que tambien sabe la muerte