lunes, 15 de octubre de 2007

Relato #3 (2da de 3 partes)

De cuando conocimos el gran lago y su genteGente...


Pequeño y humilde homenaje a un Galés (II)

a D. T., poeta


III


Concepción toma el té. La tos ya está cesando. Irma la observa, en silencio, como siempre. Ellas dos guardan silencio prácticamente en todo momento. Hablan lo mínimo indispensable. La vieja no la mira; sentada a la mesa, fija la vista en sus manos que reposan sobre el mueble y respira con torpeza. Irma le da la espalda y ve las montañas a través de las ventanas.
Unas horas después, luego de barrer, limpiar y tender las camas, busca los conejos que don Pedro sacrificó a la mañana. Debe limpiarlos, hervirlos. Concepción busca las cebollas, las papas y las zanahorias. Cuecen algo de pan y, lentamente, despunta el mediodía. Lentamente es hora de almorzar. Lentamente sale de la casa en busca de su esposo y de Neló. Maquito debe estar jugando con los perros.
Ya unos metros antes de llegar, puede ver Irma a su esposo trabajando. Sin camisa, enterrando clavos en las maderas. Dándole forma a ese edificio precario, que aún no es. Irma observa.
Ya unos metros antes de que llegue, Taco puede ver de reojo a su esposa. La brisa la despeina, y ella, inútilmente, trata de mantener esos cabellos en orden. Si, su brazo ya trabajó bastante, lo siente en el hombro, de tanto martillar y tanto serruchar. Al fin es hora de comer.
-Ya es hora de comer- anuncia la mujer.
-¿Si?, pero es que aún no tengo hambre- miente él.
-Ya está lindo esto, ya tiene forma. Va a quedar muy lindo-, dice ella distraída, mirando a su alrededor.
-Si, pero yo todavía no tengo hambre- insiste, acercándose por detrás, mirándola de arriba abajo, concentrándose en su trasero.
-Hicimos conejo con doña Concepción- explica Irma, que antes de terminar de hablar siente el cuerpo de su marido estrechándose al suyo por detrás.
Taco recorre el cuerpo femenino, que considera le pertenece, con sus manos y se aferra a él. Su mano derecha presiona los senos y sus oídos sienten como la respiración de Irma se agita y se hace más profunda. Su mano izquierda baja, en busca de su sexo. Ella trata, sin conseguirlo, de frenarlo. Pero Taco es más fuerte.
-Tu hermano, Taco, puede andar por acá- dice, buscando apelar a la razón. Pero Taco está cegado.
-Tu hijo también nos puede ver- reclama haciendo un último pero inútil intento-... el nene puede estar dando vueltas...
Taco ya se hizo de su sexo, y nada va a poder detenerlo. Ella comprende que debe cumplir su deber de esposa y cierra los ojos. El la voltea, y ya de frente sube el vestido que esconde su feminidad. Con movimientos cada vez más toscos, rápidos y torpes se desabrocha el pantalón. Pronto, arremete contra ella. Una, dos, tantas veces... Mordiéndola y besándola durante algunos minutos; y hundiendo, finalmente, su cabeza en su cuello y su hombro. Los últimos espasmos, y todo ha terminado. Unos momentos de silencio, y ella lo abraza. Segundos después, Taco se endereza. Se miran, pero nadie habla.
-Voy en un momento-, dice, abrochándose el pantalón y tomando el martillo nuevamente.
Irma lo observa seguir trabajando, mientras se acomoda el vestido y la ropa interior. Emprende el regreso a la casa, intentando peinarse de nuevo.
A no muchos metros, Neló observa, lo que no ha visto por única vez. Ninguna es la reacción de Neló, y ningún movimiento efectúa. Sólo observa a la pareja, que tan unida estuvo hace instantes, separarse ahora. Prende un cigarro y, esquivando a Taco a varios metros, por detrás de los árboles y arbustos, enfila para la casa. Es la hora de comer, y tiene hambre.


IV


Un día visitó la casa un hombre. Concepción empeoró fuertemente desde el día en que apareció. Era alto y moreno. Tenía una barba desprolija y negra, que estaba sucia como su pelo y su ropa. La ropa era, además, vieja, oscura y estaba rotosa. Su paso era lento, y su voz era profunda. La más profunda y perturbadora que ninguno de los mapuches de esa zona hubiese escuchado jamás. Sus ojos eran pardos y su mirada angustiaba, tanto como al mismo tiempo aquietaba.
Surgió de entre la arboleda y caminó en dirección a la casa. Maquito jugaba sobre el pasto; al verlo se quedó quieto y lo miró de arriba abajo, para luego buscar sus ojos. El Hombre lo miró al pasar por su lado y esbozó una sonrisa, pero claramente no era inocente ni bien intencionada. Golpeó la puerta y pidió pan a Concepción, sin siquiera presentarse. Sólo quien ha pasado hambre sabe lo que eso significa, y por eso la anciana le convidó con pan, manzanas y tomates. No pidió entrar en la casa, ni tampoco se lo ofrecieron. Comió fuera, mirando a lo lejos el lago, sentado en el suelo, dándole la espalda a la ventana por la cual miraba algún miembro de la familia ocasionalmente.
Comió el pan y los dos tomates. Guardó las manzanas entres sus ropas y fumó un cigarro. Tardó en incorporarse. Cuando al fin lo hizo, caminó hasta desaparecer en el bosque. Concepción empeoró fuertemente desde el día que apareció.
No se hicieron comentarios sobre la visita, ni en ese ni en los días siguientes. Y todo siguió como estaba. Todo menos la anciana. Al quinto día después de la misteriosa llegada, ya no pudo levantarse a preparar los mates ni el pan. Irma se encargó de los quehaceres y de cuidarla. La anciana transpiraba y se agitaba, y cuando tosía, los muchachos sentían ganas de irse y no oírla, pues era algo desgarrador. Maquito preguntaba si iba a morir, pero Irma callaba, y ponía nuevos paños sobre la frente de la mujer, que tiritaba de fiebre.
Exactamente una semana después de la primera visita, el Hombre volvió. Pidió pan y manzanas, pero rehusó los tomates. Mordió el pan enfrente de Taco y sonrió. Sus dientes eran horribles. Se volteó y se alejó. Taco pudo oír una risa por lo bajo.
Esta vez no comió cerca, sino que se alejó por dónde había venido, con el pan en las manos.
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Bs. As., Verano-Otoño-Invierno 2006
Runin Vari

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