Pequeño y humilde homenaje a un Galés (I)
a D. T., poeta
I
Despacio... muy despacio comenzó a abrir los ojos. La cara de Taco enfrente de la suya respirando fuertísimo. Volvió a cerrarlos. Los pies congelados que se habían quedado afuera de la frazada. El frío no va a dejarlo seguir durmiendo. Se endereza, bosteza. Madre estará preparando el desayuno junto con Irma, piensa mientras se destapa y comienza a vestirse. Despacio, no quiere que Taco y Maquito se despierten también. Se incorpora, y va en patas hasta la escalera. Ahí se calza y ata los borsegos. Baja, saluda con un movimiento casi inapreciable de la cabeza y chupa el mate que las frágiles manos de madre le alcanzan.
-¿Dormiste bien?
-Si
-¿Tu hermano?
-Duerme aún.
-¿Y Maquito? ¿También duerme aún?
-Si, Irma, también duerme el enano.
Neló corta un pedazo del tibio pan con los dedos y lo mastica, despacio... muy despacio y en silencio. De reojo mira a su madre, que no es su madre, y se compadece de su vejez; de lo voluntariosa que aún trata de ser, aunque ya sea casi únicamente un estorbo. Ella no quiere aceptar que la mujer de la casa empieza a ser Irma. Ella, igual que Neló, igual que Irma, igual que todos, se da cuenta de que sus manos tiemblan, de que ya casi no oye y de que ya casi no ve. Ella, al igual que el muchacho, comprende que la muerte está merodeando.
Los rayos de sol comienzan a entrar con un poco más de fuerza ahora. Le molestan. Entrecierra los ojos, Neló, y corta un pedazo más de pan; lo mete entero en su boca, mientras se para y extiende la mano para que depositen de nuevo el mate en ella. Chupa, a la vez que corta, con la mano libre, otro pedazo de pan, más grande que el anterior. Lo guarda en el bolsillo del jogging. Bufanda, gorro, saco y sale. Afuera, al lado de la puerta, tomando mate solo, se encuentra don Pedro, el curtido mapuche abuelo de Neló y de Taco. Se miran, ambos ensayan un gesto prácticamente imperceptible. Neló se va.
Le tocan los bueyes hoy. Ayer no llevó las maderas a lo que alguna vez será la sanguchería de Taco. Camina hasta las vacas, tratando de meter toda la cara debajo de la bufanda, sabiendo que es imposible. Qué frío en las manos, maldita sea, se dice, mientras acomoda un leño sobre las nucas de las dos bestias impávidas. Unas vueltas de soga alrededor de los cuernos y los guía. Para guiarlos no hace falta más que apoyar una caña entre ambas cabezas marcándoles el camino y pegar un grito. Ya... ya está calentando un poco el sol. Recuerda el pan y lo busca en su bolsillo. ¡Se ha caído, la gran mierda! Se cayó del bolsillo. Puno ya lo debe estar comiendo, si no lo encontró Caranegra primero. Los perros del demonio. Maldice un poco más, hasta que se olvida cargando las maderas.
Las lleva. Ya no piensa en el pan para nada. Ya no piensa. La rutina lo envuelve. Camina, guiando a los enormes animales, a través del sinuoso camino. Va tan abstraído que ni siquiera puede darse cuenta que ese camino, que caminó ya tantas veces, es rodeado por un paraíso. Las hojas lo miran. Las hojas y las ramas de las que cuelgan. Las hojas, las ramas y los árboles que las sostienen. Y los pastos, que trepan y trepan hasta deshacerse en montañas. Y las enormes cimas lo miran. Y Neló camina y mira sus pies, y patea una piedra. Y descarga de a poco las maderas. Y ya no tiene frío. Y vuelve a buscar otras maderas. Y recorre el mismo camino, y de nuevo las descarga. El pequeño edificio ya empieza a tener más forma. Acá estará el mostrador; ¿Y acá? ¿Una heladera? ¿De dónde podría sacar Taco una heladera para los sánguches?, ¿Pararán los turistas a comprar sánguches?, piensa, mientras enciende un cigarro.
Mira Neló. Mira el cielo y mira la montaña. ¿Acaso va a vivir toda su vida acá? Reflexiona sobre eso mientras tira de un pedazo de cuero sobrante de sus zapatos. Ya no durarán mucho más... Como madre...
La madre de Neló no es la madre de Neló. Taco era chiquito cuando Neló respiró por primera vez, mientras su verdadera madre lo hacía en una última oportunidad, aferrándose a la mano de quién cuidaría de sus hijos todo el tiempo que pudiera. El padre de Taco, algún militar que hizo promesas, y se las llevó con su pase. El padre de Neló... ¿quién sabe? Algún viajante, quizás.
Si, un viajante, como los que pasan por acá; y se fotografían con nosotros... Como si fuésemos parte del paisaje.
¿Porqué diablos estoy tan fastidioso? El cigarrillo le quema los dedos, y al fin reacciona. El sol pega más y más fuerte, totalmente libre en el cielo; sin ninguna nube que lo estorbe. Vuelve a la casa, todavía tiene que sacar los tomates y buscar huevos.
-Si
-¿Tu hermano?
-Duerme aún.
-¿Y Maquito? ¿También duerme aún?
-Si, Irma, también duerme el enano.
Neló corta un pedazo del tibio pan con los dedos y lo mastica, despacio... muy despacio y en silencio. De reojo mira a su madre, que no es su madre, y se compadece de su vejez; de lo voluntariosa que aún trata de ser, aunque ya sea casi únicamente un estorbo. Ella no quiere aceptar que la mujer de la casa empieza a ser Irma. Ella, igual que Neló, igual que Irma, igual que todos, se da cuenta de que sus manos tiemblan, de que ya casi no oye y de que ya casi no ve. Ella, al igual que el muchacho, comprende que la muerte está merodeando.
Los rayos de sol comienzan a entrar con un poco más de fuerza ahora. Le molestan. Entrecierra los ojos, Neló, y corta un pedazo más de pan; lo mete entero en su boca, mientras se para y extiende la mano para que depositen de nuevo el mate en ella. Chupa, a la vez que corta, con la mano libre, otro pedazo de pan, más grande que el anterior. Lo guarda en el bolsillo del jogging. Bufanda, gorro, saco y sale. Afuera, al lado de la puerta, tomando mate solo, se encuentra don Pedro, el curtido mapuche abuelo de Neló y de Taco. Se miran, ambos ensayan un gesto prácticamente imperceptible. Neló se va.
Le tocan los bueyes hoy. Ayer no llevó las maderas a lo que alguna vez será la sanguchería de Taco. Camina hasta las vacas, tratando de meter toda la cara debajo de la bufanda, sabiendo que es imposible. Qué frío en las manos, maldita sea, se dice, mientras acomoda un leño sobre las nucas de las dos bestias impávidas. Unas vueltas de soga alrededor de los cuernos y los guía. Para guiarlos no hace falta más que apoyar una caña entre ambas cabezas marcándoles el camino y pegar un grito. Ya... ya está calentando un poco el sol. Recuerda el pan y lo busca en su bolsillo. ¡Se ha caído, la gran mierda! Se cayó del bolsillo. Puno ya lo debe estar comiendo, si no lo encontró Caranegra primero. Los perros del demonio. Maldice un poco más, hasta que se olvida cargando las maderas.
Las lleva. Ya no piensa en el pan para nada. Ya no piensa. La rutina lo envuelve. Camina, guiando a los enormes animales, a través del sinuoso camino. Va tan abstraído que ni siquiera puede darse cuenta que ese camino, que caminó ya tantas veces, es rodeado por un paraíso. Las hojas lo miran. Las hojas y las ramas de las que cuelgan. Las hojas, las ramas y los árboles que las sostienen. Y los pastos, que trepan y trepan hasta deshacerse en montañas. Y las enormes cimas lo miran. Y Neló camina y mira sus pies, y patea una piedra. Y descarga de a poco las maderas. Y ya no tiene frío. Y vuelve a buscar otras maderas. Y recorre el mismo camino, y de nuevo las descarga. El pequeño edificio ya empieza a tener más forma. Acá estará el mostrador; ¿Y acá? ¿Una heladera? ¿De dónde podría sacar Taco una heladera para los sánguches?, ¿Pararán los turistas a comprar sánguches?, piensa, mientras enciende un cigarro.
Mira Neló. Mira el cielo y mira la montaña. ¿Acaso va a vivir toda su vida acá? Reflexiona sobre eso mientras tira de un pedazo de cuero sobrante de sus zapatos. Ya no durarán mucho más... Como madre...
La madre de Neló no es la madre de Neló. Taco era chiquito cuando Neló respiró por primera vez, mientras su verdadera madre lo hacía en una última oportunidad, aferrándose a la mano de quién cuidaría de sus hijos todo el tiempo que pudiera. El padre de Taco, algún militar que hizo promesas, y se las llevó con su pase. El padre de Neló... ¿quién sabe? Algún viajante, quizás.
Si, un viajante, como los que pasan por acá; y se fotografían con nosotros... Como si fuésemos parte del paisaje.
¿Porqué diablos estoy tan fastidioso? El cigarrillo le quema los dedos, y al fin reacciona. El sol pega más y más fuerte, totalmente libre en el cielo; sin ninguna nube que lo estorbe. Vuelve a la casa, todavía tiene que sacar los tomates y buscar huevos.
II
¿Qué pasa, hijo?... Ya estoy despierto... El niño lo mueve, y se ríe, y le da besos en la cara. Pero Taco todavía está mitad en sueños. Lo abraza finalmente, y lo besa. Maquito se viste y va corriendo escaleras abajo. Taco se queda sentado, con las piernas estiradas y enfundadas en las frazadas aún. No piensa en nada, sólo busca fuerzas para pararse y empezar su día. Hay que ir a martillar y a serruchar.
Taco toma mates. ¿Neló ya salió? Está laburador el crío. Los cuatro quedan en silencio. Sólo habla Maquito a veces. Me voy a ver a los caballos y después estoy en la sanguchería, se despide Taco, saliendo por la puerta.
Inmediatamente después de cruzarla, la anciana comienza a toser. Taco cierra la puerta y queda inmóvil afuera de la casa, atento. La tos es desgarradora, brutal. Parece que quiere arrancarle la vida, a la pobre vieja. Escucha a Irma tratando de ayudarla. Taco mira hacia arriba, recuesta su cabeza contra la pared y cierra los ojos. Los aprieta y los siente perder lágrimas. Escucha a Irma de nuevo, horrorizándose ahora de la sangre que los viejos pulmones llevan hasta la boca. Taco ya ha visto el ámbar en sus viejos dientes, en sus labios y en su lengua. Como si poco a poco la sangre la abandonara, presagiando que la vida seguirá el mismo camino. Al lado del joven, el esposo de la agonizante mujer permanece imperturbable.
Trata de recomponerse, Taco. Se refriega los ojos y camina. Mira el cielo, y adivina que va a ser un buen día. Caranegra y Puno le ladran y le juegan. Hola, hola; basta, basta. Camina hasta la tranquerita y la abre. Mira a los caballos. Acaricia la trompa de Lucero, y el enorme caballo blanco lo observa atentamente con sus inmensos ojos. Taco toca su pata trasera, está sanando despacio, se ve bien.
Neló ya habrá cargado las maderas, piensa, y se dispone al trabajo. Busca las herramientas y enfila hacia la casita. Piensa en la anciana que es su madre y que al mismo tiempo no lo es. Taco era chico, pero se acuerda de su madre muriendo. Era un nene, pero tiene grabada a fuego la figura de la mujer, que le dio vida y lo amamantó, en sus últimos momentos. Gritando desesperada, y mostrando todos los dientes en una cara de sufrimiento que él nunca había visto. Lloraba y se aferraba de la mano de la abuela. La abuela que después sería madre de nuevo. Y sangraba, y lloraba y gritaba de nuevo. De pronto, un llanto, un nuevo llanto. Un llanto infantil. Y el silencio materno, para siempre.
Escupe con fuerza en el suelo y monta al potro. Al paso, se aleja de la casa, y se confunde en el paisaje. Prende un cigarro, mira las cimas y suspira. El humo le calienta la cara, y lo relaja. Es un día como cualquier otro.
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Bs. As., Verano-Otoño-Invierno 2006
Runin Vari

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